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Martes, 20 Marzo, 2007 20:52

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La alianza de los cínicos

 

El informe anual del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo tiene 372 páginas y de la primera a la última, es un relato de los desprecios y ofensas de los países ricos hacia los países pobres.


El mundo está sobrado de recursos financieros y tecnológicos como para promover un cambio histórico y decisivo en materia de desarrollo humano, pero no existe voluntad política de acometerlo.


Esto se ha constatado en la Cumbre de las Naciones Unidas, en la que los líderes mundiales, con el cinismo que sólo ellos son capaces de exhibir, convertían cada palabra de sus discursos en una palada de tierra que caía sobre las esperanzas de vida de millones de seres humanos.


Hace cinco años, se asumieron los Objetivos del Milenio, con el loable y justo propósito de acabar, entre otras indignidades, con la pobreza extremay el hambre, y su ralentización obliga a pensar que los muertos no nos importan, porque no son nuestros, claro está.


En el año 1974, los países ricos se comprometieron a invertir el 0,7% de su producto interior bruto en los países pobres. Actualmente, EEUU aporta el 0,16%, e incluso España acaba de presentar como un logro para este año llegar al 0,35%. Ante estas actitudes, sólo cabe pensar que la erradicación de la pobreza y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad planetaria de los géneros, reducir la mortalidad infantil o combatir enfermedades como el SIDA no acaban de entrar en nuestra agenda.


A lo único que llegamos es a invertir ingentes cantidades en ejércitos, en armamento o en policías y vallas, intentando asegurar nuestras fronteras para que los desarrapados de la tierra no puedan entrar y quedarse con los excedentes que se nos pudren.


No resulta creíble que nuestros desahogados gobiernos insistan en promover en el mundo una, aparentemente insustancial, alianza de civilizaciones cuando cada tres segundos muere un niño pobre.

Lo único que podemos sentir es vergüenza, consternación, rabia… no sólo porque los excluidos del mundo se perpetúan sino porque nosotros, por acción u omisión, pertenecemos a la legión de los excluyentes.

 

Koldo Campo