Hace unos días, los países más ricos del mundo, los que forman el club del G-7, más el adosado ruso, anunciaron su intención de condonar la deuda externa de los países más empobrecidos del planeta. No obstante, para rebajar cualquier expectativa, ya han dejado claro que esta medida no será de aplicación universal, sino que vendrá
precedida de un minucioso estudio caso por caso.
Por eso, lo que parecía un gesto de buena voluntad, que podría haber servido para recuperar la confianza en los seres humanos, sólo nos sitúa ante un escenario similar al que teníamos: países del Sur perdidos en un laberinto, viéndose en la obligación de pagar una deuda imposible, que se multiplica sin desmayo y que, como arena movediza, se traga cualquier posibilidad de crecimiento y
desarrollo.
Está claro que los países ricos no van a abandonar sus prácticas de usura y seguirán abocando a los descolgados del mundo a convertirse en vertederos, en los que seguirá floreciendo la miseria.
El Observatorio de la Deuda en la Globalización ha comprobado que la cacareada condonación es simplemente un alivio limitado para unos pocos.
La propuesta del G-7 queda circunscrita a unos 20 países y está condicionada a la adopción de ciertas políticas dictadas por los acreedores. Ésta es la demostración de que no hacen falta invasiones o guerras para extender las "libertades occidentales"; el virus económico también sirve para infectar y doblegar cualquier resistencia o síntoma de independencia.
Así, los dóciles podrán compartir las migajas que se caigan de la mesa de los opulentos. El G-7 que, a bombo y platillo hacía esa falsa dádiva, decidía al mismo tiempo no cancelar la deuda de los países del sudeste asiático afectados
por el Tsunami, proponiendo, como gesto magnánimo,
una moratoria de un año en los pagos.
Ante este comportamiento tan infame a nadie le debe sorprender que las previsiones económicas concluyan que los ricos serán cada vez más ricos, habida cuenta de que su riqueza es una planta que al parecer crece con preferencia donde hay un gran abono de pobres que la alimente.
Koldo Campo |