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Martes, 20 Marzo, 2007 20:56

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Engordamos, luego otros mueren

 

Mientras las riquezas mundiales siguen multiplicándose exponencialmente, un ser humano de cada dos vive con menos de dos dólares diarios y un adulto de cada siete y un niño de cada tres tienen hambre y sufren de malnutrición.


Según datos proporcionados por la FAO, la Agencia de las Naciones Unidas para la Alimentación, alrededor de seis millones de niños mueren cada año porque sus sistemas inmunes están debilitados debido a una alimentación deficitaria, que les incapacita para superar enfermedades curables como diarreas, sarampión o malaria.


Vivimos en un mundo en el que la globalización sin restricciones de los mercados, la especulación desenfrenada, el consumismo voraz acarrean una pobreza extrema para más de mil millones de personas. Y a estas alturas, con más de ochocientos millones de hambrientos, ya va siendo hora de que globalicemos su tragedia, de que la hagamos
nuestra.


Los cálculos oficiales dicen que invirtiendo unos ochenta mil millones en los próximos años podríamos erradicar la pobreza. En consecuencia, resulta evidente que no acabar con esa lacra es una cuestión política y no económica, porque ese dinero representa mucho menos que el patrimonio neto de los siete hombres más ricos del mundo.


Pero no nos desviemos, porque la responsabilidad no sólo recae sobre ellos. Los gobernantes de 189 países se comprometieron a cumplir los Objetivos del Milenio para 2015, entre los que se incluyen desde la reducción a la mitad - que no eliminación- del hambre y la pobreza, propiciar un acceso universal a la educación, potenciar la igualdad de géneros o luchar contra la mortalidad infantil, el Sida u otras enfermedades. Ni qué decir tiene que esos objetivos no se alcanzarán en los plazos previstos…y probablemente jamás.


Ningún gobierno -y ninguna sociedad civil que lo sustente- que se jacte de defender los derechos humanos puede limitarse a fomentar su cumplimiento intramuros, sólo dentro de sus fronteras territoriales. En estos momentos, según datos manejados por Intermon Oxfam, la cooperación vasca en ayuda al desarrollo nos sitúa entre las comunidades que mayores recursos destinan a este fin - 0,43% de nuestro PIB-, pero quedamos muy lejos del 0,7 %.


Ese porcentaje de mítica referencia que todos revisan a la baja, del que se escaquean sin pudor, y que como tantos otros queda en papel mojado, a pesar de que se asumió hace ya 36 años.


Nos hemos deshumanizado, blindando nuestra conciencia y convirtiéndonos en expertos buscadores de excusas, para no asumir que todos y cada uno de nosotros somos responsables, por acción u omisión, de lo que les pasa a los demás. Es el momento de exigirnos, y de que exijamos a nuestros gobiernos, una actuación realmente solidaria, que restañe la herida que causa nuestro bien vivir, porque mientras nosotros engordamos obscenamente millones de seres humanos se mueren de hambre.

Tanto la convocatoria Pobreza Cero, como el Gesto Solidario impulsado por nuestra Diócesis, pueden ser el camino para empezar porque, además de otro mundo, también es posible otra actitud.

 

Koldo Campo