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Martes, 20 Marzo, 2007 21:02

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La frontera de los derechos humanos

 

Durante unos días, los medios de comunicación mostraron un aparentemente sincero interés informativo, cercano a la denuncia, por losn padecimientos de los inmigrantes en la frontera sur de Europa.


Claro que son los mismos medios que alimentan intencionadamente, porque a estas alturas el desliz involuntario no se concibe, el discurso del fenómeno migratorio asociado a la avalancha, a la invasión, a la ilegalidad…algo que contribuye a presentar al inmigrante como un forajido, como un delincuente, como un sospechoso de no se sabe qué crímenes. Así va calando la necesidad de que los estados soberanos no tengan más recursos que protegerse, "luchando contra la inmigración ilegal".


Por eso no es de extrañar que las declaraciones sobre lo que ha sucedido, y sucede, en Ceuta y Melilla las haga el Ministro del Interior y no el responsable de Asuntos Sociales. No es de extrañar, en consecuencia, que los inmigrantes acaben esposados y abandonados a su suerte, a su mala suerte, en territorio marroquí.


Las autoridades marroquíes creyeron haber recibido correctamente el mensaje de que tenían que actuar con contundencia para frenar la entrada de inmigrantes, y esa indigna actuación ahora hace que todos se rasguen hipócritamente las vestiduras. De cualquier modo, esa demostración de insolidaridad no es patrimonio exclusivo de Marruecos, sino también de España y de la Unión Europea, que de modo obstinado se empeñan en gestionar la inmigración desde una perspectiva policial y de reforzamiento de los controles fronterizos.


Desde luego, estamos metidos en una absurda actuación que conculca, sin ir más lejos, el derecho a emigrar que tenemos firmado dentro de la carta Universal de Derechos Humanos. Nuestra respuesta como valedores de esos derechos fundamentales es blindarnos ante la supuesta amenaza que suponen los inmigrantes a la soberanía de los estados, y más farisaico resulta aún nuestro comportamiento cuando todos
los países abogan por la libre circulación de mercancías, servicios y dinero.


Eso significa que supeditamos el reconocimiento de los derechos de las personas a la pertenencia de los individuos a una comunidad, y hacemos que las fronteras del espacio nacional sean el lugar exacto en el que se detienen cualquiera de los principios que decimos defender, desde la libertad, la fraternidad hasta la propia democracia.

 

Koldo Campo