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Martes, 20 Marzo, 2007 21:03

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El indecoro de la cárcel

 

No recuerdo quien dijo que la cárcel es el lugar en el que aparte de lo necesario a uno no le falta de nada. Sin duda de lo que sí carecen sus inquilinos es del objetivo esencial de la prisión, que no es el castigo sino la reinserción y la reeducación.
Las prisiones se han convertido en una suerte de vertederos humanos donde lo único que prima es la retención; el que se aparte de la sociedad al espécimen averiado, sin tener en cuenta su función rehabilitadora.


Desde que alcanza la memoria, salvo habitáculos más o menos dignificados y tratamientos más o menos civilizados, la cárcel es lo de siempre: un fracaso.


Actualmente, la mayoría de los reclusos lo están por delitos relacionados con las drogas o por atentados contra la propiedad y el índice de reincidentes es cuanto menos preocupante. A estas alturas no puede desdeñarse  el hecho de que cuando cumplen condena, en la mayoría de los casos, vuelven a la casilla de salida. Esto significa, a pesar de la dulcificadora imagen de coros y demás espectáculos catódicos, que la cárcel sólo ha demostrado que es una perfecta máquina de reproducción y reafirmación de delincuentes que, dislocados personal, familiar y socialmente, son incapaces de salir del laberinto de exclusión y marginación en  el que están encerrados. Realmente, la cárcel representa a la propia sociedad, y refleja sus evidentes desigualdades, por eso la población con menores recursos tiene más probabilidades de acabar en prisión que  los que van sobrados.

 

“ El fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba un pan “, que sentenció Neruda.
Está claro que el sistema penitenciario actual no sólo yerra sino que está lejos de obtener los resultados proclamados en los tan celebrados  derechos constitucionales. Lo que comprobamos es que las prisiones no han sido objetivo prioritario de las administraciones y, a poco que nos demos una vuelta, no ya por la prisión sino por los datos oficiales, se constata que algunos centros penitenciarios se sostienen casi de milagro y que es generalizado el hacinamiento de la población reclusa. Así es fácilmente contrastable que las prisiones las más de las veces ni siquiera satisfacen los mínimos de salubridad, será por eso que la mayoría son nocivas para la salud, sobre todo si observamos el número de reclusos que han muerto en los últimos meses.


Demasiadas cosas no funcionan, incluidos los protocolos antisuicidio. Al final, cada muerte es un síntoma de que el sistema está enfermo. Organizaciones como Salhaketa han calculado que en las cárceles del estado han muerto más de 1.200 personas en los últimos cinco años. Lo dramático es que con estas cifras en la mano nos empeñamos en mantener las mismas políticas, desde planear la construcción de  macro-cárceles, inmensos depósitos de seres humanos, hasta endurecer las leyes criminalizando

indiscriminadamente determinadas conductas, se supone que con la intención de blindar a la sociedad de la amenaza de los deshechos. Y mientras tanto, seguiremos viendo las prisiones como un mal necesario, conseguiremos que la población reclusa acabe abocada a una explosión demográfica incontrolable y desterraremos definitivamente de nuestro ideario lo que dijo Jovellanos, que cada escuela abierta cierra una cárcel.

 

Koldo Campo