Desde diferentes ángulos, especialmente desde una perspectiva económica, los inmigrantes son una bicoca para los países de acogida. Son trabajadores cuya formación, cuya cualificación, la han pagado otros y su capacidad para generar riqueza está plenamente contrastada a poco que se miren, por ejemplo, las cifras de afiliación a la Seguridad Social. Pero su aportación no se circunscribe exclusivamente a su rendimiento laboral, a su incorporación al sistema de contribución, sino que igual de notable es su transfusión vital a unas sociedades que envejecen, que se han adocenado, y cuya expectativa de supervivencia reside en la incorporación de los extranjeros, como savia nueva, a la estadística demográfica.
Pero existe algo perverso, una paradoja trufada de hipocresía, en nuestra percepción de la inmigración. Los inmigrantes nos gustan en tanto en cuanto son fuerza de trabajo no seres humanos con necesidades, con obligaciones y, por supuesto, con derechos, que no deberían ser diferentes a los nuestros. Por eso, para no equipararnos como ciudadanos, situamos al inmigrante en una escala inferior. ¿Por qué si están con nosotros, entre nosotros, trabajando, conviviendo, contribuyendo, beneficiándose de las ventajas de nuestro sistema y padeciendo sus desventajas no pueden elegir a quienes deberían defender sus intereses?
Quizá porque los que pueden propiciarlo son los mismos que se sientan en la mesa de los ricos europeos, cuyas reuniones sólo sirven para acordar una fortificación cada vez más concluyente de las fronteras y para buscar una salida más rápida y económica para sus "excedentes".
Es evidente que la inmigración tiene que ser regulada, pero el debate no puede limitarse a "necesito tantos trabajadores, acepto tantos inmigrantes". Lo mínimo que debemos exigirnos es responder a algunas preguntas: ¿Por qué vienen aquí? ¿Por qué no vamos nosotros allí? ¿Qué tenemos que ellos no tienen? ¿Por qué lo tenemos nosotros y no lo tienen ellos? ¿Por qué si nuestras transnacionales se instalan en sus países no
crean la riqueza suficiente para retenerles? ¿Por qué no les proporciona beneficios que consumamos sus productos y sus recursos? ¿Por qué si para nosotros fueron prósperas colonias en cuanto nos fuimos dejaron de ser productivas? ¿Qué nos llevamos? ¿Qué no les dejamos?
Seguramente no nos hacemos preguntas, porque quizá no nos gusten las respuestas. De ellas puede derivarse que nosotros tenemos una sobresaliente responsabilidad en que la inmigración sea un fenómeno inevitable. Por eso preferimos desconectarnos de esa realidad. Una desconexión que también nos gustaría que fuera inherente al propio inmigrante. De hecho, para muchos, ése es el auténtico "fallo" que vemos en ellos, que después de cumplir su jornada laboral no disponen de un interruptor para poder apagarles hasta la jornada siguiente.
Koldo Campo |