Observamos a nuestros hijos y creemos que su mundo es impermeable, porque ahí estamos nosotros para que nada les falte, para que en cuanto abran la boca colmemos sus deseos, para que no puedan reprocharnos que no les dejamos hacer lo que nosotros también deseábamos a su edad. Tengo muchas dudas sobre si ese universo artificial es una isla paradisíaca o una trampa infernal, porque acabamos (mal)educando hijos satisfechos, pero absolutamente irresponsables.
Desde luego nada tiene que ver su situación con la de los 240 millones de niños que trabajan desde los cinco años o la de los 120 millones que no tienen acceso a las escuelas o la de los 90 millones que carecen de una alimentación adecuada…o la del medio millón que está incrustado en ejércitos y grupos guerrilleros. Para ellos no existe tierna infancia, pues se les enseña que en su mundo sólo sobreviven los más fuertes, y que su futuro pasa por la aflicción crónica, por odiar o por matar para sobrevivir.
Hace unas semanas se celebraba el Día Mundial de la Infancia. Una jornada enmarcada dentro de la labor de Naciones Unidas para favorecer los Derechos del Niño, hasta la fecha, el tratado internacional que ha generado más consenso.
Cuando se alumbró la declaración, el objetivo era promover el bienestar de la infancia y protegerla de la explotación, reconociendo sus derechos a la educación, la salud, y a las oportunidades económicas. Como muchos de estos fraternales propósitos, a pesar de los avances, no existe voluntad política ni personal para que pueda tener éxito.
En muchas ocasiones, con la excusa de la distancia o de la impotencia personal - “¡qué voy a hacer yo!”- escondemos la cabeza para no ver que nuestra propia actitud, nuestro consumismo irreflexivo, nuestra deificación del mercado hacen que lo que para nosotros aquí no sea sino un simple batir de alas de mariposa, a miles de kilómetros se convierta en un devastador huracán. Abocamos a miles de niños a romper su infancia porque tienen que ponerse a trabajar para ayudar a la economía depauperada de sus familias o les convertimos en la mano de obra necesaria con la que nuestras multinacionales abaratan la producción de los artículos – de lujo- que voraz y acríticamente consumimos.
Si no cambiamos, si no enseñamos a nuestros hijos que la felicidad que les proporcionan sus juguetes, sus balones o sus camisetas nuevas pueden ser el sufrimiento de otros niños como ellos, estaremos perpetuando el drama. A fin de cuentas, lo que hoy les hagamos a nuestros hijos puede que ellos lo reproduzcan cuando sean mayores, y lo que hoy no les enseñemos quizá tampoco tengan posibilidad de aprenderlo mañana.
Koldo Campo |