Ha llovido mucho desde que, en el siglo XVIII, Edmun Burke acuñara la expresión "cuarto poder" para referirse a la capacidad de influencia de los medios de comunicación en la sociedad.
Aunque si realmente existiera una escala que graduara ese poder, comprobaríamos que, desde hace 30 ó 40 años, los medios están inmersos en un imparable ascenso de peldaños en el podio.
Los medios de comunicación son fruto de la necesidad manifiesta de algunos grupos o individuos que, atendiendo a intereses ideológicos, políticos o económicos, deciden transmitir su mensaje a la opinión pública.
Durante muchos años han sido referentes ciudadanos contra el
abuso de los poderes fácticos, tanto en regímenes dictatoriales como en estados democráticos. Incluso hoy en día se sigue insistiendo en su capacidad de control de la democracia porque destapan tal o cual escándalo financiero o político. Pero bien por la necesidad de los políticos de ganar la voluntad electoral de las masas, bien por el efecto de la globalización económica, que hace tiempo contaminó a los medios, su resistencia como contrapoder ha quedado en muchos casos asimilada a proyectos ideológico- financieros que prefieren dejarse llevar por las corrientes más favorecedoras, convirtiéndose, en consecuencia, en medios del poder.
El poder dominante, sin lugar a dudas, reside en los grandes grupos económicos, que manejan presupuestos más elevados que el Producto Interior Bruto de numerosos países desarrollados. En muchos casos, nos encontramos ante transnacionales que han ido absorbiendo medios
de comunicación para transformarlos en una herramienta al servicio de sus intereses económicos.
En este momento la cifra de negocio de la industria de la comunicación supone poco más o menos el 10% de la economía mundial; un pastel demasiado apetitoso como para que cualquier empresa se sienta tentada a optimizar su cuenta de resultados. Por eso, incluso los propios medios han ido desarrollando un instinto industrial que les ha convertido en caníbales de sus esencias periodísticas, ya que quedan supeditados
al interés de la propiedad.
Cuando el proyecto de comunicación empieza a gestionarse en virtud de presupuestos ideológicos, como ocurre con los medios públicos tutelados por los gobiernos de turno, o en función de presupuestos comerciales todo empieza a subordinarse, incluida la verdad.
Decía Humberto Eco, en relación a la patética situación de los medios en Italia, que "en el mundo contemporáneo ya no es necesario dar un golpe de estado, que para deshacerse de disidentes o acabar con la libertad de prensa no es preciso establecer un régimen dictatorial, basta con controlar el consenso, monopolizando los medios de comunicación más extendidos, logrando una dictadura, no de régimen político sino mediático".
La impresionante concentración de la propiedad de los medios nos ha conducido a un proceso global de uniformidad informativa. Algo que se enmascara por la ingente cantidad de noticias, declaraciones, datos, informes y opiniones que nos producen la sensación de que lo sabemos todo, de que nos lo cuentan todo. Un espejismo de conocimiento que riza la perversión porque, ante la enorme variedad de medios disponibles, alimentamos la creencia de que tenemos una ilimitada libertad de elecci
ón informativa.
Los grandes grupos mediáticos, que aglutinan televisiones, periódicos, cadenas de radio y agencias de noticias, han conseguido que prolifere un mensaje común. Ese es su poder; transmitir su punto de vista bajo el disfraz de que vivimos en unan sociedad en la que prima el pluralismo informativo. Pero no cabe duda de que las decisiones se toman en los consejos de administración, por lo que prevalecen los criterios empresariales sobre el derecho de la sociedad a la información, a la rigurosa información.
Koldo Campo |