Hace algo más de un año la costa de Cádiz amaneció alfombrada de cadáveres. Salvo por el número de muertos-37- nada era distinto a otras tragedias que se han repetido tantas veces que han llegado a
insensibilizarnos. La historia que viene sucediéndose desde hace lustros apenas difiere en los matices.
Una patera atestada de personas, cargada de sueños, sale de las costas de Marruecos y ve frustrado su viaje. El barco de la esperanza, de las ilusiones, se torna, por un golpe de mar, en un ataúd flotante que acaba reventado contra las rocas.
En esta ocasión, el tanatorio de Los Barrios apenas fue suficiente para acoger a tantos muertos, muchos de ellos jóvenes que habían residenciado en su viaje las esperanzas de su familia, de sus amigos, y que dejaron atrás una vida para intentar construirse otra.
Pero sus proyectos se ahogaron con ellos. Y entonces, empezó su otra travesía.
Hasta 24 cadáveres fueron repatriados, a medida que fueron reclamados por sus familias. Hace tres semanas, otros 12 inmigrantes anónimos, por los que nadie ha llorado, fueron enterrados bajo una losa en la que se esculpió un frío y angustioso epitafio:
"Naufragio de Rota. 25. 10. 2003".
Y a continuación un número, el que asignaron a cada cuerpo, hinchado por el mar y vaciado de vida, según el orden en el que apareció tendido en la arena.
Nadie sabe quiénes descansan bajo esas lápidas, de ellos sólo conocemos que consiguieron llegar a la tierra de promisión, aunque nunca imaginaron que la tendrían a paladas.
Por desgracia su futuro sigue siendo el mismo que, aún hoy, les espera a muchas personas que cada día toman la decisión de partir rumbo a una oportunidad.
No se les oculta que el camino es difícil e incierto, incluso que sus posibilidades son escasas y que a este lado nadie les espera con los brazos abiertos, porque nuestra "bienvenida" sólo pasa por blindar nuestra jaula de oropel. Es parte de nuestra ceguera, la que nos convierte en responsables subsidiarios, la que nos impide ver que ni las leyes, ni las alambradas, ni los policías impedirán que lo sigan intentando. Y la razón hay que buscarla en lo que a nosotros nos mantiene anclados.
¿Si pusiéramos gratis una patera en la playa de Plentzia a disposición de quien quisiera utilizarla, alguien se embarcaría en ella?
Koldo Campo |