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Martes, 20 Marzo, 2007 21:11

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A través de sus ojos

Sitúa la escena en un país extranjero.Un lugar del que sólo tienes vagas referencias. Imagina que alguien vagabundea por las calles de una ciudad ajena. Observa cómo intenta pasar desapercibido, cómo casi parece esconderse entre las sombras. Apenas se le ven los ojos. Su mirada vacía, triste, rehuye todo lo que no sea el suelo, parece avergonzarse. Camina solo, porque sólo se tiene a sí mismo. Los suyos, los que le quieren, los que le conocen, están lejos, a ni se sabe cuántas penalidades de distancia. A él alguien le dijo que jugándose la vida tendría la oportunidad de ganar un futuro, y se arriesgó. Pero al parecer olvidó meter la suerte en la maleta y ahora la busca desesperado por las aceras.


Nadie le mira ¡Tantos días sin comer le han debido adelgazar hasta la invisibilidad! Esas gentes con las que se cruza nunca han reparado en su presencia. Una vez sintió deseos de gritar para que se fijaran en él, pero estaba seguro de que nadie entendería su lengua, como él tampoco les entiende a ellos, y además  tuvo miedo a que le detuvieran. No tiene claro por qué, pero en un centro de atención temporal le contaron que era un ilegal. Para subsistir intentó trabajar, pero le pidieron los papeles y los únicos que tiene son los que lleva pegados al cuerpo para mitigar el frío de las noches al raso.


Buscando el calor y el consuelo de otras voces, se acercó a sus iguales y, a los ojos del mundo, ahora vive en un gueto, una especie de cloaca de la que se desprende el hedor de la marginalidad, y la marginalidad produce rechazo. Él no sabe por qué pero le huyen. “¡Seguro que se dedica a lo peor, de qué va a vivir si no!”. Eso piensan muchos de los que pasan por su lado, que fingen no notar su presencia, que procuran que se sienta invisible.


Tras este esfuerzo de imaginación, haz otro. Imagina que ése que camina solo, que tiene miedo, que tiene hambre, al que nadie mira…imagina que eres tú.


Resulta imposible saber en carne propia qué piensan, qué sienten o cómo soportan el dolor los demás pero, como no somos ellos, al menos para acercarnos remotamente a su sufrimiento y necesidades, estamos obligados a realizar un pequeño ejercicio de empatía, no sólo para intentar compartir sus sentimientos sino para ver nuestra insensibilidad a través de sus ojos.

 

Koldo Campo