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Martes, 20 Marzo, 2007 21:12

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Sentados sobre polvorín

 

El torpe episodio de un entrenador de fútbol y el execrable comportamiento antisocial de un grupo de descerebrados aficionados ha hecho que emerja una realidad ya creciente en Europa: la aparición de un racismo y una xenofobia que, para nuestra desgracia, lejos de avergonzar, aglutina.

No existe entre nosotros partido político alguno que, abiertamente, mantenga postulados xenófobos, aunque las políticas de extranjería aprobadas hasta la fecha indiquen lo contrario. Quizá sea cuestión de
tiempo que ese virus de ignominia política acabe por infectarnos, porque aunque nadie se manifiesta racista siempre acaba reconociendo un "pero", que termina legitimando actitudes o comportamientos discriminatorios.

Una especie de caldo de cultivo que subyace en nuestra sociedad.
Al igual que existe un lenguaje sexista existe un lenguaje racista que dulcificamos justificándolo por su aparente inocencia, pero que, en el fondo, abriga un preocupante poso de discriminación. Si lo sumamos al natural planteamiento humano de clasificar a los demás por géneros, razas, procedencias, rasgos culturales, religiosos o peculiaridades físicas, nos encontramos a las puertas de la discriminación, porque del propio acto de la diferenciación nace la valoración y la preferencia y, en una consecuencia deformada, el rechazo.

En tanto un grupo se aleje de nuestros presupuestos identitarios es fácil que aparezca el recelo. Y no por simples distinciones raciales, que no suelen ser tan determinantes, sino por las referencias culturales o económicas que llevan adosadas. Nadie osaría calificar de inmigrantes a Ronaldinho, Eto'o o Zidane, pero sí a todos aquellos que de su misma nacionalidad vienen empujados por la necesidad y lastrados por un nulo status económico.

Y en cuanto esos colectivos se hacen visibles empezamos, por simplificación e injusta generalización, a marcarlos con falsos estereotipos y prejuicios.

Que si todos los argelinos son unos carteristas; que si los negros, traficantes; que si los rumanos, ladrones; que si los rusos , mafiosos…todo un sinfín de descompuestas imágenes que acaban calando en una sociedad que, ignorante y miedosa ante la diferencia, acusa al inmigrante de parásito, de resultar caro, y cuestiona sus más elementales derechos y su acceso a las prestaciones sociales, sanitarias o educativas.

Vivimos en una sociedad egoísta, incapaz de reconocer su fracaso, que pretende escudarse con argumentaciones de cristal, y en la que un zafio y extemporáneo comentario puede prender la mecha del polvorín sobre el que nos sentamos.

 

Koldo Campo