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Martes, 20 Marzo, 2007 21:13

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SI nos DA la gana...

 

Cuando al menos un tercio de la población mundial no tiene acceso a medicamentos esenciales para mantener dignamente su salud, caer en las garras del VIH convierte a muchos millones de personas en precadáveres.

Nuestras industrias farmacéuticas, sobresaturadas de beneficios, no aceptan fabricar medicamentos baratos para los países sin recursos ni permiten que puedan abastecerse de genéricos, por si esto pudiera poner a dieta sus ingresos; para ellas, la salud es un negocio.

Nosotros hemos conseguido casi cronificar la enfermedad para nuestros pacientes  mediante costosos tratamientos antirretrovirales, pero éstos no llegan al Sur, donde ser pobre tiene consecuencias irreparables porque los enfermos acaban muriendo. Poco importa que la comunidad internacional diga una y otra vez que tiene la firme – y evidentemente falsa- voluntad de controlar el SIDA cuando no proporciona los recursos suficientes no ya para combatir la enfermedad sino siquiera para impedir que la gente se muera  de hambre, otra enfermedad de pobres.

A estas alturas en el mundo hay casi 40 millones de personas que viven con el VIH y, para evitar que la catástrofe humana siga creciendo, o se aumentan los compromisos políticos y las dotaciones económicas y sanitarias o nuestra indiferencia acabará ejecutando a todos aquellos que por su condición de desheredados de la tierra se alinean en el corredor de la muerte. Lo realmente dramático e incomprensible es que el control de la pandemia en buena medida sólo depende del dinero. Por eso en Euskadi tener SIDA no es igual que padecerlo en Swazilandia, Lesotho o Malawi, donde la infección ha alcanzado proporciones inconcebibles. Y aunque la enfermedad tiene causas biológicas determinadas, su extensión se ve favorecida por la escasez de recursos, por la imposibilidad de tener acceso a tratamientos sanitarios y medicamentos y por una globalización que sólo aporta más empobrecimento y abandono.

Así se demuestra que la enfermedad se ceba brutalmente en las zonas más pobres y más afectadas por las desigualdades sociales. En esos países, no sirven las recetas  preventivas que nosotros expedimos- y que habitualmente olvidamos por la aparente sensación de  eguridad que nos trasmite el que ya pocos se mueran entre nosotros- y no parece que los piadosos y poco realistas consejos de propiciar la abstinencia sexual sirvan para frenar la sangría humana.

Además, en la actualidad, el SIDA se está feminizando porque la pandemia se corresponde con una crisis paralela de derechos humanos; un pozo de desigualdades, ya que la falta de información, la ignorancia, la incapacidad de las mujeres para negociar sexo seguro, ni siquiera en su matrimonio, su sometimiento al hombre, la violencia de género, la aberrante utilización de la violación como un arma de guerra…han hecho que sólo en África subsahariana, que tiene la prevalencia más elevada y afronta el mayor impacto demográfico del mundo, más del cincuenta por ciento de la personas que viven con SIDA sean mujeres; y las cifras sólo parecen susceptibles de empeorar. Si se quieren prevenir las elevadas tasas de infección entre las mujeres, hay que abordar también las causas fundamentales de su vulnerabilidad: sus desventajas jurídicas, sociales y económicas.

El SIDA ha matado y matará a más personas que las guerras; de hecho algunos cálculos ponen en el haber de la enfermedad la muerte de más de 19.000.000 de personas. Lo peor es que los expertos amenazan con que todavía nos queda mucho por lo que llorar y, por lo tanto, mucho por lo que avergonzarnos.

El mundo está siendo asolado por varias plagas: en el Norte, las de la hipocresía y la deshumanización; en el Sur, las de la pobreza y el SIDA, distintos ángulos de una realidad absolutamente devastadora para el género humano.

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Koldo Campo