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Martes, 20 Marzo, 2007 21:16

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Cuestión de suerte

 

Resulta indignante escuchar cómo maldecimos nuestra mala suerte cuando las cosas no salen como queremos. Para nosotros, la suerte no es sino un imprevisto al que atribuimos todas nuestras desgracias, pero jamás nuestra prosperidad. Hasta en los momentos más difíciles, no queremos ser conscientes de nuestra fortuna.


Si por una cuestión de azar cualquiera de nosotros hubiese nacido en Sierra Leona, a estas alturas podría ir despidiéndose de sus familiares y amigos porque la esperanza de vida en aquel país está por debajo de los cuarenta años.

Claro que, antes de llegar a ese umbral, si por un casual hubiéramos visto la luz en Etiopía, quizá ni siquiera hubiésemos llegado a la adolescencia después de que el agua naranja de sus ríos nos contaminase por dentro o cualquiera de las hambrunas que han padecido nos hinchara el vientre y nos vaciara los ojos de vida.

En Malawi, por simple probabilidad, seríamos huérfanos o estaríamos infectados por un VIH mortal, por falta de atención médica. En Sudán, los paramilitares genocidas seguramente nos habrían pasado a cuchillo, que es más barato que gastar una bala; pero nada distinto nos hubiera ocurrido de nacer en la República Democrática del Congo.

En Bangladesh, echando mano de las estadísticas, podríamos haber terminado nuestros días abonando la finca de cualquier terrateniente o esclavizados en alguna de esas fábricas que forman parte de la cadena de subcontratación de nuestras multinacionales .

En Myanmar, en la antigua Birmania, o en Afganistan nos dedicaríamos al cultivo de opio , que es de lo que malviven miles de campesinos que ,dejándose la vida en los campos de amapolas, son extorsionados por gobernantes corruptos y narcotraficantes. Si hubiésemos nacido en Bombay, posiblemente estaríamos viviendo en las calles y, en alguna otra zona de Asia, siendo explotados por pederastas, que exportamos con los  bolsillos llenos de euros y vacíos de escrúpulos.

De haber nacido en el Magreb, tal vez estaríamos enganchados en la valla de Melilla y, de hacerlo en Ecuador, ahora seríamos inmigrantes en Bilbao y formaríamos parte de la legión de trabajadores a los que soportamos como fuerza de trabajo, pero que nos gustaría desconectar después de su eterna  jornada laboral para no encontrárnoslos por la calle.


Pero da la casualidad de que nos ha sonreído la suerte. Y no sólo carecemos de la suficiente humanidad para compartirla sino que incluso nos falta la mínima dignidad y vergüenza para reconocer que la tenemos.

 

 

Koldo Campo