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Martes, 20 Marzo, 2007 21:17

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Que nada le turbe

 

Sorpresa fue la palabra que más se repitió cuando el Plenario de la Conferencia Episcopal eligió como su presidente a nuestro Obispo. Aunque particularmente lo que me resultó increíble, que no inesperado, fue el trasiego de etiquetas personales e ideológicas que circularon por los medios de comunicación, en declaraciones a vuela micrófono o encubiertas tras el dedo acusador de supuestos "exégetas" o especialistas eclesiales.


¡Qué costumbre la de alinear a los demás en estantes, por lo general, poco afortunados; en muchos casos, insostenibles y, casi siempre, interesados!


Ante la grata noticia de la elección, que puede servir para oxigenar la actual situación de incomunicación o de comunicación abrupta, también cabe recordar que todo muda, más si cabe las opiniones. En su primera comparecencia ante los medios, Don Ricardo, echando la vista atrás, recordó la contrastada capacidad que le acredita para hacer desaparecer cualquier posible reticencia, al igual que consiguió diluir las dudas que antaño ensombrecieron su llegada a Bilbao. Quizá por eso sea aún más llamativa la entusiasta acogida que entre los partidos políticos ha suscitado su nombramiento al frente de la Asamblea de Obispos.


A nadie se le oculta que estamos viviendo tiempos sombríos, convulsos, en los que la política no media sino que envenena; en los que las relaciones entre el Gobierno y la Conferencia Episcopal son "poliédricas", plagadas de aristas; y en los que la Iglesia tiene ante sí un reto prioritario, desesperado, que le urge a recuperar la confianza y la voz en una sociedad que, aparentemente, se le muestra, si no esquiva, cada vez más
ajena. Será compleja y tortuosa la misión de batallar con tantos frentes abiertos, pero no es mala la receta de perseverar en el diálogo, un camino al que muchos apelan con reiteración, pero que pocos recorren con verdadera intención de llegar hasta el final.


Tras su nombramiento, para mí no hubiese hecho falta su condena contra todo tipo de terrorismo, porque su posición, como la de la propia Iglesia, siempre ha sido nítida e inequívoca, sólo cuestionada por quienes obran con mezquindad y mala fe. Aunque reconozco que, tal y como está el panorama, se hacen necesarios los posicionamientos públicos porque, sin la salvaguarda de una declaración preventiva, y a veces aún con ella, estamos permanentemente expuestos a la calumnia.


No será fácil que cristalice el sueño de la consecución de una anhelada paz social, como tampoco resultará sosegada su presidencia, en una institución absolutamente monitorizada y nunca exenta de zozobras.


Por eso, el deseo de que nada le turbe.

 

Koldo Campo