La violencia contra las mujeres nada tiene que ver con una hinchazón mediática, sino con una cruenta realidad. Y eso que los medios sólo difunden los partes policiales y los actos extremos, casi siempre irreversibles, cuando las agresiones, los malos tratos, exceden en mucho lo que debería soportar una sociedad pretendidamente civilizada.
Aunque necesario, el ordenamiento jurídico no ha conseguido acabar con la llamada violencia doméstica porque sus raíces se hunden en la situación de desigualdad estructural que todavía padecen muchas mujeres en nuestra sociedad. Pero insistimos en cuestionarnos, ¿por qué un hombre mata a una mujer? Realmente, porque quiere y puede.
Hace años que el hombre ha sido liberado de sus “obligaciones protectoras” y no acierta a ubicarse. Tradicionalmente se han configurado familias estructuradas verticalmente donde el más fuerte, el proveedor del sustento ejercía de dueño y señor castigando las supuestas faltas de respeto, de obediencia o los aparentes incumplimientos de las obligaciones. Pero para encontrar el caldo de cultivo de la violencia de género hay que mirar también a hombres que ocultan sus complejos o su incapacidad de dominio familiar exacerbando su instinto posesivo. Probablemente los hombres seguimos sin desembarazarnos de ese lastre ¿cultural? que durante siglos ha marcado diferencias de género y ha procurado jerarquías patriarcales. De ahí que el hombre desorientado utilice la violencia como un despreciable mecanismo de autoafirmación. Desde luego muchos no han asumido los cambios profundos de nuestra sociedad. Algo que evidencia una extrema incapacidad de adaptación social. Pero esto, lejos de considerarse un atenuante, es algo que agrava los hechos, ya que con el uso de la fuerza sólo pretende cronificar la sumisión de la pareja y perpetuar el esquema de dominación familiar.
No es cuestión de discutir más sobre si las agresiones están motivadas por la locura, el rancio sistema educativo, los celos, el alcohol o la desesperación ante los trámites de separación, quizá la respuesta esté simplemente en ese atávico instinto de dominación con quien es más débil. Porque a fin de cuentas, la mujer también puede sufrir estrés y desesperación y en raras ocasiones se convierte en el sujeto activo de la agresión.
Pero los malos tratos, que comienzan con un reproche, continúan con un desprecio, siguen con un insulto, se radicalizan con un empujón, se hacen irreversibles con una bofetada y desembocan en una puñalada fatal, son cometidos conscientemente por el agresor.
En muchos casos, descubrimos con horror que el asesinato de una mujer precede a, por lo general, un fallido intento de suicidio, orden de los factores que jamás se altera, para desgracia de las víctimas, pero que refleja consciencia del acto e incluso remordimiento o probablemente miedo a las consecuencias. Esto permite deducir que el agresor distingue perfectamente entre lo que está bien y lo que está mal.
Por supuesto que todos los medios son pocos para proteger a las víctimas y atajar tan descomunal tragedia, que lejos de ser individual debe ser asumida como una lacra social. Porque esa pretendida dimensión íntima, intramuros conyugales, se despedaza en cuanto se comprueba la repercusión pública del maltrato, con consecuencias sanitarias, legales, económicas, educativas…Y, al tiempo que se deben exigir instrumentos legales y policiales más eficaces, es necesario insistir en la sensibilización y en la educación como elementos imprescindibles para “resituar” al macho en una sociedad que debe conquistar una convivencia en libertad y paridad, que supere cualquier desigualdad de género, que erradique toda violencia e instale el respeto a la dignidad de las personas como argumento que vertebre nuestras relaciones.
Koldo Campo
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